En el último capítulo de la serie hablamos de lo exigentes que son las cosas que nuestro bebé —ahora ya un niño pequeño— debe afrontar durante el tercer trimestre. A esta edad, el ritmo de desarrollo de cada niño ya es bastante individual. El movimiento en el espacio y en la posición vertical también depende bastante del carácter del propio niño.
Así que para nuestro bebé modelo lo ideal son diez meses. Sabe gatear a cuatro patas, sentarse en sedestación oblicua y libre, y arrastrarse hasta una mesita o un obstáculo, sobre el que apoya las manos y se incorpora de pie. Poco a poco aprende no solo a mantenerse de pie, sino también a transferir el peso de una pierna a la otra y a caminar alrededor de los muebles. La fase de dar vueltas alrededor de los muebles es muy importante para nuestro bebé; debe saber hacerlo hacia ambos lados. Es la base de las futuras funciones de equilibrio y estabilidad. Si su hijo da vueltas alrededor de los muebles y no quiere soltarse al espacio, no se desanime. La duración media de esta fase ronda los cuatro meses y puede variar individualmente. No llevamos al niño de las manos, ni siquiera si él mismo lo pide. Si necesita llegar a algún sitio, le resulta más ventajoso volver desde la posición de pie a ponerse a cuatro patas, arrastrarse hasta donde necesita y allí volver a ponerse de pie. Llevarlo de una o de ambas manos le cambia el centro de gravedad. Le empuja a caminar más de puntillas, con la tripa hacia delante y la espalda más arqueada. En el futuro, esta postura podría llevar a no pocos problemas, por ejemplo en las rodillas o en la espalda. Llevarlo de una sola mano, por su parte, favorece la asimetría en el niño.

Procure no sobreproteger al niño ni sujetarlo demasiado. El niño debe aprender a caerse con seguridad, y generalmente se considera que la altura segura de caída es la altura del propio niño. Puede practicar con el niño caídas sobre las manitas para que aprenda a protegerse por sí mismo. Si su hijo cae hacia atrás sobre la cabeza, acuda a un fisioterapeuta: seguramente averiguará por qué le ocurre. Un niño excesivamente protegido por sus padres no tiene motivación para aprender por sí mismo una estrategia segura de caída. Del mismo modo, los cascos blandos y las mochilas de espalda son innecesarios y potencialmente peligrosos. El niño no tendrá miedo de caerse de cabeza y el riesgo de lesión aumenta relativamente con este accesorio.
Los primeros zapatos también son un gran tema. El pie del niño sigue desarrollándose y, además de servir para caminar, es también un órgano sensorial muy importante para él. Con los pies, el niño descubre qué superficie tiene bajo la planta y aprende así a fortalecer no solo los tobillos, sino todo el cuerpo. La postura de una persona es distinta si camina por la playa o si camina sobre piedras. Y todo eso también tiene que aprenderlo el sistema nervioso. En general, se puede decir que para un pie sano el primer zapato adecuado es el que protege el pie, pero no lo limita. Debe ser lo más blando posible y lo suficientemente espacioso. Si tiene la suerte de que el niño empiece a caminar en verano, procure que vaya descalzo el mayor tiempo posible. Si hay que proteger el pie, bastan unos patucos de cuero o de softshell. El niño no debería necesitar zapatos hasta que no sea un caminante experimentado, es decir, hasta medio año de marcha segura. Un zapato mal elegido no solo puede influir en el patrón de la marcha, sino que también puede provocar tropiezos y caídas más frecuentes del niño. Es muy recomendable estimular el pie inmaduro con distintas superficies y montar a los niños pequeños circuitos de obstáculos sencillos. Dentro de casa son útiles los suelos y alfombras sensoriomotrices, los trepadores y las tablas tipo triángulo de Pikler. Fuera, todo el mundo es un parque de juegos para nosotros. El bordillo transmite una sensación al pie, la gravilla otra y el barro otra distinta. Y todo eso el pie tiene que reconocerlo y aprender a reaccionar según corresponda.

Mi hijo tiene los tobillos, los talones o las rodillas torcidos: ¿qué hago?
Cierto grado de valgo en los talones es normal en los niños pequeños y no hace falta tratarlo; con el tiempo la postura se corrige sola. En general, cuando la marcha aún es inmadura nos encontramos con muchas imperfecciones que pueden llamar nuestra atención. Las más frecuentes son tobillos vencidos hacia dentro, caminar de puntillas y rodillas en X o en O. Si ocurre durante una marcha inmadura y el niño no tiene ningún otro problema motor, podemos darle tiempo para que vaya afinando la forma de caminar. Si el problema persiste incluso medio año después del inicio de la marcha, o no estamos seguros de que la forma de caminar de nuestro hijo siga dentro de la normalidad, no perdemos nada con una visita preventiva al fisioterapeuta.






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